Prosa

Los tres groses (cuento eslovaco)


O troch grošoch

Había una vez un hombre pobre excavando una zanja junto a la calzada. Ocurrió que el rey estaba pasando por allí en su carruaje. Ordenó parar el carruaje y le preguntó al hombre:

– Dime, buen hombre, ¿cuánto te pagan diario por este trabajo duro?

– Bueno, Su Majestad, me pagan tres groses* por día.

El rey quedó sorprendido y le preguntó cómo podía vivir de esos míseros tres groses.

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Qué leen los eslovacos


El mes de marzo en Eslovaquia no solo es el mes de la llegada de la primavera, sino también es el mes del libro.

La tradición se dio en 1955 cuando el Ministerio de Cultura, la Asociación de Escritores Checoslovacos, las editoriales y las librerías decidieron animar a la gente a leer.

Mes

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Pavol Dobšinský: Los doce hermanos meses


Pavol Dobšinský

Pavol Dobšinský (16 de marzo de 1828 – 22 de octubre de 1885) fue editor y coleccionista de cuentos populares más famoso en Eslovaquia. Publicó varios libros de cuentos populares eslovacos.

“El espíritu y la lengua de nuestro pueblo realmente destaca en la cantidad y la calidad de cuentos profundamente maravillosos, hermosamente poéticos y moralmente intachables.”

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LOS DOCE HERMANOS MESES

En una casa que estaba en las afueras de una aldea vivía una madre con Holena, su propia hija, y Maruška, su hijastra. A la suya la quería mucho pero a Maruška no la podía ni ver porque era más bonita que Holena. Maruška no conocía su belleza y no entendía por qué la madrastra fruncía el ceño siempre que la veía. Pensaba que no era de su agrado. Pues, mientras que Holena pasaba su tiempo arreglándose y vistiéndose, descansando en su habitación, dando garbeo por la granja o presumiendo por la calle, Maruška se ocupaba de todo: limpiaba, guisaba, lavaba la ropa, cosía, hilaba, estambraba, segaba la hierba y ordeñaba las vacas. A pesar de eso, la madrastra todos los días le maldecía y la regañaba. Y aunque Maruška no se oponía y sufría en silencio, la madrastra la trató cada día peor. Y eso era solo por una cosa: Maruška se hacía cada día más hermosa mientras que Holena se volvía cada día más fea. La madrastra a menudo pensó: no debería dejar que la bonita hijastra viviese aquí. Cuando los pretendientes lleguen a nuestra casa, se enamorarán de Maruša y no de Holena.

1

Holena era quizás aun peor que su madre. Acosaba a Maruška, inventándose maneras de poder hacerle daño.

Un día poco después del Año Nuevo, cuando la nieve crujía bajo los pies y en la ventana se dibujaban las flores de hielo, a Holena le entraron las ganas de flores frescas y dijo:

– Maruša, vete al bosque y tráeme un ramito de violetas. Quiero ponérmelo detrás de la cintura porque me ha antojado mucho oler las violetas.

– Por dios, hermanita, ¿cómo se te va a ocurrir eso? ¿De cuándo acá se ha oído que las violetas podrían crecer bajo la nieve? – dijo la pobre Maruška.

– ¿Tú te atreves a oponerme, estúpida? – gritó Holena.

– ¡Vete y no te atrevas a volver sin las violetas! – gritó también la madrastra. Empujó a Maruška fuera cerrando la puerta y dejándola en el frío.

2

Llorando, Maruška se fue al bosque donde había montones de nieve y no se veía el camino ni huellas de animales, mucho menos de hombres. Vagaba mucho tiempo, el hambre la torturaba y el frío la sacudía. Estaba rogando a Dios a que la sacara de este mundo cuando vio parpadear una luz cercana. Al inicio pensaba que solo fue una ilusión pero a medida que iba acercándose, la luz iba creciendo.

Siguiendo el fulgor, llegó hasta la cumbre de la montaña donde ardió una gran hoguera. Alrededor de la hoguera había doce rocas, desde la más grande hasta la más pequeña, y en las rocas estaban sentados doce hombres, doce hermanos meses.

Tres de ellos eran ancianos de bigote blanco, tres eran menores de ellos, tres aun más menores y los últimos tres eran los más jóvenes. Estaban sentados en silencio, fijando sus miradas en la hoguera.

3

Maruška se asustó y también se quedó sin mover. Pero al fin se alentó, se les acercó y dijo:

– Buenas tardes, buenas gentes mías. Por favor, dejen que me caliente un poquito, que estoy temblando de frío, estoy entumecida.

El hermano Enero que estaba sentado en la roca más grande y tenía el pelo y el bigote blanco como la nieve, asintió con la cabeza y dijo:

– Buenas tardes. Pero, ¿qué estás buscando aquí, hija mía? ¿Para qué viniste?

– Estoy buscando las violetas, – respondió Maruška.

– Pero ahora no es el tiempo de buscar las violetas, hay nieve y hace frío, – cabeceó Enero.

– Eso yo lo sé. Es que mi hermana Holena y mi madrastra me mandaron traer las violetas de la montaña. Y que si no las traigo, que no vuelva a casa. Por favor, gente de Dios, díganme, ¿dónde podría encontrarlas?

El hermano Enero se levantó de su roca, se acercó al mes más joven, le dio su maza y le dijo:

– Hermano Marzo, ¡siéntate en mi lugar!

4

Marzo fue a sentarse en la roca más grande y dio vueltas con la maza sobre la hoguera. Esta ardió a la altura, de repente la nieve se puso a derretir, los árboles empezaron a brotar, la hierba bajo las hayas se volvió verde y en ella, entre los arbustos, florecieron tantas violetas como si la tierra estuviera cubierta por una vela azul celeste.

¡Ven, Maruška, arráncalas rápido! – le ordenó el joven Marzo.

Maruška, feliz, rápidamente arrancó las flores haciendo un hermoso ramo. Dio muchas gracias a los hermanos meses y corrió a casa.

5

Holena y la madrastra estaban muy sorprendidas al ver a Maruška volver con las violetas.

– ¿Dónde las encontraste? – preguntó Holena y le arrancó el ramo de las manos.

– Allá en la cumbre de la montaña crecen bajo los arbustos, – respondió Maruška en voz baja.

Holena se puso el ramo detrás de la cintura, la olía de vez en cuando y dejó también a su madre que la oliera; su hermana como si no existiera. Pero el olor de las violetas se extendía por toda la casa y Maruška no dejó de recordar la belleza que vio en la montaña.

6

Días más tarde, Holena estaba descansando en la estufa y se le antojaron las fresas. Se dirigió a Maruška:

– Maruša, ¡vete a la montaña y tráeme las fresas!

– Por dios, hermanita, ¿cómo se te va a ocurrir eso otra vez? ¿De cuándo acá se ha oído que las fresas podrían crecer bajo la nieve?

– ¡Estúpida! ¡No te atrevas a oponerme cuando te ordeno algo! ¡Vete! ¡Y si no me traes las fresas, te mato! – amenazó Holena.

Llorando, Maruška se fue al bosque donde había tanta nieve como las plumas en un colchón, pero el colchón da calor y la nieve le dio frío, estaba entumecida. Se puso a rogarle a Dios a que la sacara de este mundo cuando de nuevo vio parpadear la luz y llegó hasta la hoguera donde estaban los doce hermanos meses sentados en sus rocas.

– Buenas tardes, buenas gentes mías. ¿Dejarán que me caliente un poquito? Que estoy temblando de frío, tengo las manos y los pies yertos, – pidió Maruška.

El hermano Enero asintió con la cabeza y dijo:

– Buenas tardes. ¿Por qué llegas esta vez, hija mía? ¿Para qué viniste?

– Estoy buscando las fresas, – respondió Maruška.

– Pero es invierno. Las fresas no crecen bajo la nieve, – dijo Enero.

– Eso yo lo sé, – respondió Maruška tristemente.

– Es que mi hermana Holena y mi madrastra me mandaron traer las fresas. Y que si no las traigo, me matan. Por favor, gente de Dios, díganme, ¿dónde podría encontrarlas?

El hermano Enero, igual que la primera vez, se levantó de su roca, se acercó al mes que estaba en frente de él, le dio su maza y le dijo:

– Hermano Junio, ¡siéntate por un momento en mi lugar!

Junio fue a sentarse en la roca más grande y dio vueltas con la maza sobre la hoguera. Esta ardió a la altura más que antes, la nieve enseguida se derritió, los árboles se cubrieron de hojas y en el prado aparecieron, rojas y olorosas, las fresas.

7– ¡Ven, Maruška, arráncalas rápido! – le ordenó Junio.

Maruška, feliz, rápidamente recogió un delantal lleno de fresas. Dio muchas gracias a los hermanos meses y corrió a casa.

Holena y la madrastra estaban muy sorprendidas al ver a Maruška volver con el delantal lleno de fresas.

– ¿Dónde las encontraste? – preguntó Holena de tal manera como si Maruška le hubiera hecho daño.

– Allá en la cumbre de la montaña crecen, – respondió Maruška pero Holena no la escuchaba más y se puso a comer las fresas cuyo olor se extendía por toda la casa. La madrastra también las probó pero a Maruška no le dieron ni una sola.

8

Poco tiempo después, Holena estaba aburrida y se le antojaron las manzanas.

– Maruša, ¡vete a la montaña y tráeme algunas manzanas rojas! – ordenó.

– Por dios, hermanita, ¿cómo se te va a ocurrir eso otra vez? ¿De cuándo acá se ha oído que las manzanas podrían crecer en invierno?

– ¡Estúpida! ¡Haz lo que te ordeno y no te opongas! ¡Vete a la montaña y si no me traes las manzanas rojas, te mato! – amenazó Holena.

La madrastra empujó a Maruška fuera y cerró la puerta.

Llorando, Maruška se fue al bosque donde había caído la nieve otra vez y cubrió sus huellas, pues no le quedó más que ir vagando, mientras la hambre la torturaba y el frío se le caló hasta en los huesos. Maruška no tenía más fuerzas y rogó a Dios a que la sacara de este mundo. Entonces  volvió a ver aquella luz y llegó hasta la hoguera donde estaban los doce hermanos meses sentados en las rocas.

– Buenas tardes, buenas gentes mías. Por favor, dejen que me caliente un poquito, – pidió Maruška.

El hermano Enero asintió con la cabeza y dijo:

– Buenas tardes. Ven a calentarte. ¿Y para qué viniste esta vez, hija mía?

– Estoy buscando las manzanas rojas, – respondió Maruška.

– Pero es invierno. Ahora no se dan las manzanas, – dijo Enero.

– Eso yo lo sé, – respondió Maruška tristemente.

– Es que mi hermana Holena y mi madrastra me mandaron traerlas. Por favor, ¡ayúdenme una vez más!

El hermano Enero se levantó de su roca, se acercó a uno de los meses viejos y le dijo:

– Hermano Septiembre, ¡siéntate por un momento en mi lugar!

Septiembre fue a sentarse en la roca más grande y dio vueltas con la maza sobre la hoguera. Esta ardió a la altura y la nieve desapareció por completo. Las hojas de los árboles se volvieron amarrillas y la hierba seca. De repente, Maruška se fijó de un manzano y en lo alto de sus ramas aparecieron manzanas rojas.

9

– ¡Ven, Maruška, arráncalas rápido! – le ordenó Septiembre.

Maruška sacudió el manzano y cayó una manzana. Lo sacudió otra vez y cayó otra manzana.

– ¡Tómalas, Maruška, y corre a casa! – ordenó Septiembre.

Maruška tomó las dos manzanas, dio las gracias a los hermanos meses y corrió a casa.

Holena y la madrastra estaban muy sorprendidas al ver a Maruška volver a casa, le abrieron la puerta y ella les dio las manzanas.

10

– ¿Dónde las encontraste? – preguntó Holena de mala manera.

– Allá en la cumbre de la montaña crecen y son muchas, – respondió Maruška.

Pero eso no debía decir porque Holena enseguida se enfureció:

– ¡Estúpida! ¿Y por qué no has traído más? ¿O es que acaso te las has comido todas tú sola?

– Hermanita mía, yo no he comido nada. Cuando sacudí el manzano por primera vez, cayó una manzana. Cuando sacudí el manzano otra vez, cayó otra manzana y no me dejaron sacudirla más, – respondió Maruška.

Pero Holena y la madrastra empezaron a culparla de mentirles, pues Maruška se fue a la cocina y se escondió bajo la estafa. La golosa Holena junto con la madrastra se pusieron a comer las manzanas que eran tan dulces y deliciosas como ningunas.

Cuando las comieron, Holena dijo:

– Mamá, dame el abrigo, la bufanda y las botas, voy yo sola a traer las manzanas de la montaña. La estúpida esa volvería a comerlas todas en el camino. Buscaré el lugar donde crece aquel manzano aunque fuera en el infierno y traeré todas las manzanas aunque las guardase el diablo mismo.

La madre trató de persuadir a su hija a que no se fuera pero fue inútil. Ella se puso el abrigo y la bufanda y salió de la casa.

Holena entró en el bosque donde había montones de nieve y ninguna huella ni camino. Cuando llevaba tiempo vagando, a lo lejos vio una luz y fue hacia ella. Llegó hasta la hoguera donde había doce hombres sentados y les echó una mirada. Sin saludarlos ni pedirles permiso abrió las palmas hacia la hoguera y se calentaba como si la hoguera fuera suya.

– ¿Para qué llegaste? ¿Qué estás buscando? – preguntó Enero angustiado.

– ¿Y a ti qué te importa, viejo ridículo? – replicó Holena y se dirigió hacia el bosque como si las manzanas estuvieran esperándola allí.

Enero frunció el ceño y dio vueltas a la maza sobre la cabeza. En ese momento el cielo se nubló, en la hoguera quedaron solamente carbones, la nieve empezó a vertirse como harina y desde el norte sopló un viento fuerte y frío. Holena ya no pudo ver casi nada, pues continuó adelante y se metía más y más en la nieve. Primero maldecía a Maruša y a Dios, luego se le aterieron los miembros, se le doblaron las rodillas, hasta que por fin cayó y la nieve la cubrió.

La madre estaba esperando a Holena, mirando por la ventana, saliendo delante de la casa pero el tiempo pasaba y Holena no venía.

– ¿Acaso no quiere abandonar las dulces manzanas y volver a casa? ¿O tal vez es culpa de algún diablo? Creo que iré a buscarla, – habló la madre consigo misma, se puso el abrigo, la bufanda y se fue a buscar a su hija, sin siquiera despedirse de Maruška.

Pero la nieve seguía cayendo muy fuerte y el viento seguía soplando siempre más fuerte y frío y en todas partes había muros de nieve. La madre trató de vadear la nieve gritando el nombre de su hija pero nadie le respondió. Ella también perdió el rumbo, maldiciendo a Holena y a Dios, se le aterieron los miembros, se le doblaron las rodillas y ella también cayó a la nieve.

11

Mientras tanto, Maruška preparó el almuerzo, ordeñó la vaca, pero ni Holena ni la madrastra venían.

¿Dónde pueden tardar tanto? se preocupó Maruška cuando por la tarde se sentó a la hiladora. Hilaba hasta que llegó la noche. El huso ya estaba lleno pero aquellas dos no venían.

Por dios, ¿qué les hubiera pasado? se preocupó la pobre Maruška mientras se asomaba ansiosamente por la ventana, mirando a la oscuridad. Pero no había ni un alma, solamente las estrellas que brillaban después de un vendaval y la tierra cubierta por la nieve como si fuera de plata. Triste Maruška cerró la ventana rezando por la hermana y la madrastra. Por la mañana las esperó con el desayuno preparado y luego con el almuerzo pero Holena y la madrastra no volvieron más.

Maruška se quedó con la casita, con la vaca, el jardín, el campo y los prados alrededor de la casa. Y antes que llegó la primavera, apareció también el patrono, un buen mozo, y ambos vivieron felices y en paz.